11 dic. 2013

La muerte parte en dos la vida del que no parte



Comparto con ustedes este excelente relato de Beto Ortiz que me conmovió porque mucho de lo que ha escrito es lo que estoy sintiendo en estos momentos.
"Los tíos Pajuelo se han ido yendo sin aspavientos, uno a uno, discreta y sigilosamente como quien abandona una fiesta sin despedirse para no interrumpir la alegría de los que se quedan. Los nueve hermanos Pajuelo Bravo y sus nueve cónyuges, los vibrantes protagonistas de la interminable película italiana de mi familia ancashina, mi familia materna, aquella a la que –pese a todo– yo considero mi tribu matriz, esa extrañada cofradía de maestros, de pintores, de escritores, de guerreros solitarios, de viajeros. De esa legión de la que creo haber heredado todas las cosas que me han salido más o menos bien en esta vida. Cuán convencido no estaré de ello que, más de una vez, he entretenido la idea justiciera de llamarme directamente Beto Pajuelo. Dieciocho tíos y treinta primos. Los directos responsables de que mi aburrida niñez de hijo único transcurriera en medio del jolgorio, la palomillada y el saperoco. Pero todo eso un mal día se detuvo. Algo aciago debió habernos pasado porque, de repente, dejamos de vernos por tiempo indefinido. ¿A qué inhóspito desván confinamos todas las historias extraordinarias que vivimos? ¿Qué carajo nos pasó? Dejamos pasar años y años, décadas enteras sin visitarnos, sin hablar, sin abrazarnos, sin saber nada de nadie, sin volver a juntarnos en torno a un lonchecito franciscano de kirma y pan con palta, a un pisco con Canada Dry, a un nobilísimo ollón de ají de gallina.
Llora, guitarra porque eres mi voz de dolor. Grita su nombre de nuevo si no te escuchó. Como si se lo hubieran propuesto, los traviesos músicos de a bordo están interpretando la canción que, invariablemente, nos ha trizado siempre el alma como un cristal. El valsecito que, como un conjuro, nos hace convocar la presencia urgente de los que no volverán. Estamos en el vagón mirador del tren Hiram Bingham, atravesando, una vez más, la fantástica luz del valle sagrado rumbo a Machu Picchu. Después de dos años de testaruda insistencia, mi tía Judy ha aceptado por fin mi cansona invitación y ha regresado por fin a su tierra, a la que no regresó en diecisiete largos años. Mi tía Judy es la hermana menor de mi mamá, la única sobreviviente de las excepcionales mujeres Pajuelo. La tía Judy que vio a su hijo –mi primo Junior,mi chochera– morir de cáncer y, medio año después, a su esposo Daumant, caer en medio de la cocina, con el corazón vencido por la pena. Dejamos pasar tantos años sin hablar que los viejos se nos fueron muriendo, uno a uno, casi sin darnos cuenta, casi sin enterarnos, sin mandarnos una flor, sin siquiera darnos el pésame. 
La muerte, claro, como siempre. La muerte que parte en dos la vida del que no parte, que deja roto al que se queda a cumplir con la vida. Cualquier cosa que nos pasa tiene que ver con el que se fue. La muerte te vuelve monotemático. Lo descubro a cada rato en mi tía Judy y también en mí: una canción, un aroma, un clima, un color, cualquier cosa que ocurre a nuestro alrededor tiene siempre qué ver con los ausentes. Ese chocolate le gustaba a mi mamá. Esa música la bailaba mi esposo. Esa es la marca de jeans que usaba mi hijo.
Murió la abuela y todos se dispersaron por el mundo, sin remedio. Los que se habían marchado a otros países jamás regresaron, ni se escribieron, ni se llamaron. Las tarjetas de navidad se interrumpieron. Las fechas de los cumpleaños se olvidaron. Los nacimientos se ignoraron, los torneos de sapo se perdieron por walk over, las grandes victorias se obviaron. Nos abandonamos hasta el extremo ridículo en que hoy fracasamos si nos preguntan el nombre de la esposa de tal o cual primo. Y, si nos muestran una foto de los nuevos sobrinos, no solo no tenemos ninguna idea de cómo se llaman, sino que ni siquiera acertamos a adivinar cuál era nuestro ahijado, cuál será el hijo de quién. Ya no sabemos quién se casó ni quién se separó, ,quién se salvó de una muerte segura, quién recayó en el vicio, quién se encierra en el baño todas las tardes a llorar , quién consiguió el trabajo con el que soñó toda su vida, quien no pudo mandar a sus hijos a la universidad, quién está comprándose una nueva casa, quien fue vencido por la vejez, quién manejó un descapotable por la Toscana, quién siente vergüenza de decir que está hundido en la ruina. 
Cualquiera hubiera creído que, en algún punto del viaje, nuestra férrea unión familiar se disolvió arbitrariamente o fue suspendida hasta nuevo aviso por alguna ley malvada. Pero tanto silencio ya no tenía perdón de Dios. Y esta semana nos hemos reencontrado. No necesito decir que son nuestros muertos quienes nos han convocado. Los gritos de emoción de cada encuentro, tan anhelado, rápidamente se trocan en una mutua condolencia muda. Y dile que aún la quiero, que aún espero que vuelva. Que si no viene mi amor no tiene consuelo. Que solitario, sin su cariño me muero. Abrazos hondos, interminables, silenciosos que solamente significan:¿Dónde estabas cuando murieron cada una de tus hermanas? ¿No tendríamos que habernos consolado tú y yo si una de ellas era, precisamente, mi mamá? ¿,Qué estabamos haciendo la tarde en que murió tu papá? ¿Cuántas oraciones rezamos por el alma de tu hijo? Nada como el infortunio para que los hermanos se abracen.
La tía Judy se funde en un solo abrazo colectivo con una alegre turba de sobrinos y primos de los que, estoy seguro, ya no recuerda ni el nombre. No la culpo. Si yo que vivo aquí tampoco los sé. Todos la apapachan, todos brindan con anticuado coctel de algarrobina, todos suben a su facebook fotos con la dicharachera tía del dejo gracioso y la cabellera de plata. “Ay, m’hijo, estoy viviendo un sueño, no tengo palabras para agradecerte tanta dicha” –me dice, conmovida– “todo esto ha sido inolvidable. Es demasiada generosidad.” Y lo que no le digo es que soy yo el que tengo que agradecérselo todo. Que todo esto lo hice por mí. Que he planificado este glorioso reencuentro durante años solamente para hacer realidad mi vieja fantasia de que esta familia existe todavía. Que soy yo el que, en realidad, necesitaba a la tía Judy de vuelta a casa. Que ella es lo más parecido a mi madre que me queda".

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